
Cuando el lenguaje construye —o erosiona— la confianza ciudadana
Vivimos en una época en que las palabras pesan más que nunca. Cada mensaje que circula en los medios, las redes sociales o los discursos institucionales tiene la capacidad de fortalecer o fracturar los lazos que sostienen la vida pública. En ese contexto, recuperar el valor público de la palabra es un desafío esencial para quienes trabajamos en comunicación.
La palabra no solo transmite información: crea realidad, activa emociones y configura imaginarios colectivos. Lo que decimos —y cómo lo decimos— moldea la percepción que tenemos de lo común, de los otros y de nosotros mismos como parte de una comunidad. Cuando el lenguaje se degrada en agresión o manipulación, se deteriora también la posibilidad de diálogo, y con ello, la confianza que sustenta la democracia.
En su libro «La política del lenguaje», los autores David Beaver y Jason Stanley sostienen que ninguna palabra es neutral. Todo acto de habla implica una posición política, una intención y una consecuencia. En la comunicación pública, esa conciencia es fundamental: cada palabra dicha desde una institución, un medio o una autoridad tiene un impacto simbólico en la ciudadanía.
Por eso, el trabajo comunicacional no puede limitarse a la transmisión de mensajes, sino que debe asumirse como una práctica ética. Cuidar el lenguaje significa cuidar los vínculos sociales. Significa reconocer que la transparencia, la empatía y la responsabilidad discursiva son parte de lo que da legitimidad a lo público.
En tiempos de polarización y desinformación, hablar con claridad, respeto y sentido común es un acto de resistencia. Apostar por una comunicación pública consciente del poder de la palabra es apostar por una democracia más sólida, más confiable y más humana.